Transmision Experimental del Cancer
CUERPO DEL TRABAJO

TEORIA INFECCIOSA: ANTECEDENTES

El conocimiento del agente causal de las enfermedades infecciosas, se inicia con el descubrimiento del mundo microbiano por Antonio Van Leewenhoek, entre los siglos XVI y XVII.
En cierto modo este acontecimiento fue un hecho casual. Se podría decir que fue el resultado de un obsesivo propósito de construir lentes de aumento cada vez más potentes que luego de muchos años de pruebas experimentales, hizo posible la fabricación del microscopio más moderno de entonces. Sin embargo, el ignoto mundo microbiano, no despertó otro sentimiento que el de curiosidad y asombro entre las figuras científicas, intelectuales y artísticas de la época. Sólo Van Leewenhoek seguía infatigable sus observaciones. Su curiosidad se acrecentaba cada vez más. Ya no escudriñaba las gotas de agua únicamente. Examinó muestras de sangre y descubrió los glóbulos rojos. Asimismo, vio por primera vez la circulación capilar, la estructura de los tejidos vegetales, etc. Empero, no alcanzó a establecer la relación que existe entre algunos de los microorganismos descubiertos por él y ciertas enfermedades que afectaban al hombre y animales inferiores, asolando pueblos en las más distintas latitudes, desde la más remota antigüedad, dando lugar a lo que hoy se conoce con el nombre de epidemias, epizootías, etc.
Tenía que pasar muchos años para que un genio como Pasteur, estableciera la relación que existe entre los microorganismos y las enfermedades conocidas después como infecciosas y su nexo con el sistema inmune, descubierto por el doctor Edward Jenner, lo cual demostró con trabajos inobjetables.
Por ese tiempo se inició la era de los grandes descubrimientos bacteriológicos. Se despejó para siempre la incógnita acerca del origen de algunas enfermedades infecciosas, al mismo tiempo que con los agentes que las causaban se laboraron vacunas y sueros para su prevención y tratamiento.
Como era de esperar, no faltaron espíritus inquietos que trataron de hallar una causa microbiana a otras enfermedades. Y el cáncer no fue una excepción. Muchos participaron en la empresa. Infortunadamente los agentes señalados como responsables y las pruebas que les servían de sustento, jamás pudieron ser comprobadas, por lo cual, la hipótesis infecciosa desalentó a sus seguidores, aún cuando Doyen un investigador serio y de gran prestigio sostuvo hasta su muerte que el “micrococus neoformens” sería el agente causal del cáncer.
Sobrevino una pausa en el largo recorrido por llegar a la verdad, Era el preludio de un gran suceso que conmovería al mundo científico de entonces.
En efecto, en las postrimerías del siglo XIX D. Ivanovski, botánico ruso, obtuvo la savia de plantas enfermas de lo que se conoce con el nombre de “mosaico del tabaco”, la filtró a través de una bujía de porcelana y no obstante estar el líquido completamente transparente, libre de bacterias, al exámen microscópico, podía transmitir la enfermedad del mosaico a plantas de tabaco sanas, cuando se frotaban sus hojas con dicho filtrado-“Pero Ivanovski y sus contemporáneos opinaban que la enfermedad era causada por bacterias (Boletín Médico Lilly Tomo 17 No. 3 pag. 667).
Por esas cosas que suceden a veces en el curso de las investigaciones, el hombre que había dado un gigantesco paso hacia el futuro, que había llegado a los confines de lo infinitamente pequeño, lindante con la materia inerte, a lo que parece, no le había dado su exacto valor.
Fueron necesarios siete años para reconsiderar la conclusión enunciada por Ivanovski acerca de la posible causa bacteriana de la enfermedad conocida como “mosaico del tabaco”. Beijerinck, amplió dichas observaciones y reconoció que se había descubierto un nuevo agente al que dio el nombre adecuado de “contagium vivum fluidum” (líquido vivo contagioso).
Contrariamente a los gérmenes descubiertos por Van Leeuwenhoek, que podían ser visualizados mediante el microscopio de su invención, el nuevo agente era invisible, hasta el advenimiento del microscopio electrónico que reveló sin lugar a dudas su existencia, su tamaño y las características de sus formas.
“El virus del mosaico del tabaco, además de ser el primer virus descubierto, fue el primero en ser purificado en forma cristalina, años después, en 1935, por Stanley” (Boletín Médico Lilli No. 3 Pag. 67). Y así Ivanovski y Beijerinck, despejaron una nueva incógnita, ampliaron los conocimientos humanos y dieron la razón a Pasteur, que a pesar de su laborioso empeño no pudo descubrir el agente causal de la rabia y fue el primero en señalar que bien podrìa tratarse de un virus.
La hipótesis infecciosa del cáncer adquirió nuevo impulso. Sus partidarios emprendieron el camino abierto por D. Ivanovski y Beijerinck, para determinar la causa de enfermedades presumiblemente infecciosas no producidas por los microorganismos descubiertos por Van Leeuwenhoek.
Más o menos 12 años después, Payton Rous (U.S. A) Premio Nobel de Medicina, en una de sus investigaciones acerca del transplante de un tumor espontáneo de pollo se encontró con la sorpresa que el filtrado del extracto de éste, inyectado a otro pollo, reproducía exactamente el tumor original en el curso de unos pocos días. Hasta entonces, las reproducciones tumorales se habían hecho mediante la técnica del transplante de células cancerosas que en buena cuenta constituía “la continuidad de crecimiento de las células tumorales originarias injertadas”. (Beremblum, Ciencia Versus Cáncer, Pag. 97)
En la prueba experimental de Payton Rous, la reproducción tumoral era ocasionada por un extracto filtrado libre de células neoplásicas, restos celulares y microorganismos, y se podía lograr la transmisión en serie de un pollo a otro, sin que menguase su capacidad transmisora. Estaba fuera de discusión que el virus, que sin lugar a dudas existía en el filtrado, permanecía activo, No era pues, indispensable la presencia de células cancerosas para obtener la reproducción del tumor. “La facultad de autorreproduccion siempre ha sido aceptada hasta entonces como autentico indicio de vida. Por consiguiente, se dio por aceptado que el elemento responsable del extracto acelular era un elemento vivo. Más aún, en vista de su tamaño inframicroscópico y de su propiedad de atravesar los filtros bacteriológicos más finos se le calificò de virus”. (L. Beremblum).
Hasta Ivanovski y Payton Rous, el origen infeccioso del cáncer sólo era una hipótesis. Pero después de los trabajos de estos investigadores, lo que en cierto modo era sólo una suposición, se convirtió en lo que hoy se conoce con el nombre de Teoría Infecciosa del Cáncer, y constituyó el punto de partida para la realización de nuevas investigaciones que la fortalecieron y enriquecieron.
Apenas un año más tarde, Fujinami e Inamoto en Japón, sin conocer el descubrimiento de Payton Rous, llegaron a idéntico resultado. Para esto, prepararon el extracto de un mixosarcoma espontáneo de un conejo, lo filtraron a través de una bujía de porcelana y el líquido resultante libre de células cancerosas y bacterias, fue inoculado a un conejo sano, logrando reproducir el tumor inicial.
Hay que señalar que desde 1908, Damois Ellerman, creía en la posibilidad de la transmisión de la leucemia de pollo, por extracto filtrado.
Veinticinco años más tarde, Oberling y Guérin “han podido demostrar que el virus de la leucemia es suceptible de provocar en ciertas condiciones, los sarcomas a virus de Rous, haciendo suponer la identidad de los gérmenes” (Rocier y Carrel. El Cáncer Pag. 73).
Una nueva evidencia acerca del papel de los virus de las neoplasias, constituye el aporte de Shope. Extractos ultrafiltrados de papilomas benignos de los conejos salvajes “cola de algodòn” inoculados a otros conejos de la misma variedad, reproducen exactamente el papiloma original, con la particularidad de que no se cancerizan jamás.
El virus de Shope, es el más conocido entre los que atacan a los mamíferos. Su tamaño de cuarenta milimicrones ha podido ser determinado por el microscopio electrónico y se le ha obtenido en tal grado de pureza que basta una cien millonésima de gramo, para reproducir el papiloma.
Aparte de la reproducción experimental del tumor original por filtrados acelulares y libres de microorganismos incapaces de atravesar las bujías de porcelana, notables diferencias fueron advertidas en relación con las que producen las substancias químicas.
En primer término, el procedimiento de las pincelaciones de alquitrán de hulla practicadas por los investigadores japoneses Yamigiwa e Itchikawa en 1915, requiere muchos meses, hasta años, para obtener la cancerizaciòn celular, en tanto que los animales inoculados con ultrafiltrados de tumores enferman a los pocos días y mueren en el curso de un mes.
Esta diferencia es también marcada en la reproducción tumoral por el sistema de los injertos de tejidos cancerosos, que requieren más tiempo y a veces dejan la duda de si el tumor obtenido es por la cancerización de las células del animal injertado o se trata simplemente del crecimiento del tumor original.
Burkitt describió en 1958 un tumor múltiple de vísceras y mandíbulas en niños que vivían en ciertas zonas de Africa, En este tumor denominado desde entonces “Linfoma de Burkitt” se pudo demostrar la existencia de partículas vírales, constituyendo lo que parece ser el primer tumor atribuible a tal causa. Se ha ido más lejos. Se ha determinado que se trata de un virus DNA, que bien podría pertenecer al grupo de los herpes. En tal sentido, “parece indudable el papel etiológico del virus EB en el linfoma de Burkitt, en el carcinoma nasofaringe y la mononucleosis infecciosa”. (J.A. Bellantin).
Existen además otras enfermedades tumorales ocasionadas presumiblemente por el virus, como el descrito por Sanarelli en 1898, en la mixomatosis del conejo; el sarcoma de Sticker que se transmite en el momento del coito y el adenocarcinoma renal de la rana estudiada por Licke en 1934.
Los Profesores Morton y Frederic Eilbert, del Instituto de Salud de Beteshda, U.S.A., comunicaron en diciembre de 1969, en el Instituto de Cancerologìa de Villejuif, que dirigía el Prof. Georges Mathe, que “habían descubierto en el suero de enfermos de sarcoma, anticuerpos, obrando contra células cancerosas, Sobre la base de este descubrimiento, pusieron células de sarcoma en cultivo, inoculando después filtrados de éste cultivo en otro de células sanas; la transformación de estas células en cancerosas, los llevó a la conclusión de que el responsable del fenómeno era un virus que además había sido localizado mediante el microscopio electrónico”. “Lo que verdaderamente descubrimos – dicen los profesores citados – es que el virus localizado en un tumor humano, canceriza a las células sanas, lo cual no se había podido demostrar anteriormente”.
Estos trabajos fueron confirmados por el Prof. Lloyd Old, del Sloan Kettering Institute de Nueva York. Y el Profesor Mathe, uno de los especialistas más conocidos del mundo en su lucha contra el cáncer declaró que la originalidad del descubrimiento consiste en el hecho de que por primera vez, fue probado biológicamente que uno de los factores que origina el cáncer es un virus. Hasta ahora la presencia de tal virus había sido descubierta solo en los tumores descrito por Burkitt, y en la leucemia.
El 14 de diciembre de 1969 se aisló en Lima, Perú el virus de un ovino traído especialmente de la sierra con cierto tipo de cáncer pulmonar o adenomatosis por los doctores Alberto Cuba Caparó y Juan Takano, quienes revelaron “que se han obtenido partículas de carneros enfermos las que luego de ser desarrolladas en el laboratorio fueron suministradas a otros ovinos sanos, obteniéndose la evidencia y alentando a los científicos peruanos para activar los experimentos y llevarlos al terreno de la experimentación humana”. “Las partículas extraídas de los carneros enfermos fueron reproducidas y por el sistema endotrágil se procedió a inocular el virus a los animales sanos, observándose de inmediato la reproducción del mal. Se señala que se trata de un agente virológico muy similar al cáncer pulmonar humano”.
En 1971 se hizo el anuncio del descubrimiento de un anticuerpo que revela la presencia del cáncer en el cuerpo humano, en sus etapas más tempranas. La Dra. Chloe Tal de la Escuela de Medicina de Hadassa explicó que “cuando hay en el cuerpo un tumor maligno se nota la presencia de un anticuerpo similar a una proteína en la sangre”. Señaló que había “confirmado su descubrimiento con una serie de pruebas en 500 pacientes, algunos de los cuales tenían algún cáncer, y encontró el anticuerpo en la sangre de todos los cancerosos, y no apareció en la de enfermos de otro mal”. El doctor Oscar Miró Quesada Cantuarias Director del Instituto Nacional de Salud de Lima-Perú, comentó a este respecto que “el descubrimiento de un anticuerpo que revela la presencia del cáncer en sus etapas iniciales, es un hecho espectacular ya que se podrá diagnosticar con una certeza de noventinueve por ciento los casos de cáncer, mucho antes de que el mal se manifieste clínicamente”.
El Premio Nobel Severo Ochoa Albornoz, que hizo la síntesis de ARN y ADN, cree que “probablemente hay una causa única del cáncer, y que en ella desempeñan un fenómeno o una función muy importante los virus. Existe la posibilidad de que, en un momento dado, el material genético del virus se haya incorporado al material genético celular, dando lugar a una predisposición a padecer cáncer que es transmisible a la estirpe celular”. (Manuel Salval – Biblioteca Salvat).
Por otra parte, la teoría virugenética de Lev Zilver sostiene que “la presencia de antígenos antagónicos al propio ser en las células cancerosas es la primera y única condición para apreciar el papel que desempeña el sistema inmunológico en la defensa contra el cáncer”. (R. P. Petrov)


TRANSMISIÓN EXPERIMENTAL DEL CANCER DEL HOMBRE A UN ANIMAL DE DISTINTA ESPECIE

Por nuestra parte los apuntes precedentemente reseñados indican claramente la presencia de un virus en los tumores de los animales inferiores en los cuales sería un fenómeno peculiar, que para algunos especialistas nada tiene que ver con la causa del cáncer humano.
Sin embargo, la transmisión experimental del cáncer del hombre a un animal de especie distinta, tiene como agente causal un microorganismo. Por eso esta prueba experimental, es el eje en torno del cual gira el posible y seguro concepto de los nuevos enfoques que conduzcan a la disuasión de la masa tumoral.
Es claro que la transmisión experimental es sumamente difícil. Las fallas o sea las deficiencias del sistema inmune no se presentan regularmente ni los virus son posibles de hallar en estado de virulencia. Tal confluencia es ocasional. Por eso, después de muchas inoculaciones se presenta un caso, mientras que en los inmuno eficientes (los nueve restantes) han formado anticuerpos celulares y humorales para la vigilancia del organismo pluricelular viviente.
Si la transmisión experimental proyectada hubiese fracasado, la inmunoterapia pasiva no tiene razón de ser, ya que la inmunidad antiinfecciosa sólo funciona cuando hay un germen o agente causal como virus, bacteria, ciertos protozoos, hongos, células extrañas.
En síntesis, la transmisión experimental del cáncer ha sido lograda mediante el método de Payton Rous en animales inferiores de la misma especie por inoculación de filtrados acelulares de tumores espontáneos; por ingestión de sangre de animales enfermos por ejemplares sanos y posiblemente por el sistema de injertos.
Pero lo más importante, como se señala en los trabajos que más adelante exponemos, la presencia de anticuerpos humorales como resultado de su acción antigéna se mencionan como un hecho aislado, sin tener en cuenta que estos nunca se producirían si no existiese de por medio un agente causal.
Por eso, para descartar dudas tal vez sería útil la transmisión del cáncer incuestionablemente probada, a un animal de distinta especie que hasta donde sabemos se realiza por primera vez.
El 6 de agosto de 1961,luego de numerosos intentos conseguimos la transmisión experimental del cáncer de un hombre a un animal sano de distinta especie, un pollo. Para este fin se seleccionaron diez pollos de la variedad Leghorn y se les sometió a observación por quince días.
El paciente que sirvió de base para esta prueba experimental presentaba cáncer metastásico sin foco inicial precisado. Se le extrajo 16 c/c. de sangre venosa con una jeringa que contenía 4 c/c de citrato de sodio al 10% que fueron inoculados a 10 pollos en la barbilla. Cada uno de ellos recibió 2 c/c. de esa sangre.
El día de la inoculación fue denominado día uno. El día ocho se observó que uno de los pollos inoculados no mostraba mayor interés en alimentarse. El día veinte estaba definitivamente enfermo. Comenzó a caminar con dificultad. El día ventidos alicaído se desplazaba penosamente, se alimentaba muy poco, mostraba discreto abultamiento de la pared abdominal. El día veinticinco ya no pudo caminar, había disminuido notoriamente de peso. El abombamiento abdominal había aumentado. Ascitis. El día ventiocho seguía decayendo. Se alimentaba cada vez menos, con gran esfuerzo. Cavidad abdominal con paredes tensas. El día trentiuno ya no se podía levantar. Su decadencia era notable. El día trenticuatro agónico. Fue sacrificado.
Al abrir la cavidad abdominal se comprobó la presencia de ascitis de más o menos un litro, de color ligeramente marrón transparente. Terminada la evacuación apreció un pequeño tumor de aspecto cerebriforme, duro localizado en el peritoneo parietal superior, cerca del cual se podía advertir la presencia de pequeños nódulos indurados. El tumor fue retirado e inmerso en formol al 10%. Posteriormente fue incluido en parafina. El estudio de los cortes del tumor experimental dio el siguiente resultado:
PROLIFERACIÓN MALIGNA CON CELULAS DE ASPECTO EPITELIAL QUE SE DISPONEN EN ZONAS EN FORMA SOLIDA Y OTRAS EN FORMA DE COLUMNAS. EN SU ESTROMA FIBROCONJUNTIVO SE APRECIAN ALGUNAS FIGURAS DE MITOSIS (Dr. R.P.)


CONCLUSIONES

Aparte del hecho que la transmisión experimental entre animales de distinta especie había sido lograda, con este experimento quedó demostrado:
(i) que el antígeno viral estaba presente en la sangre inoculada;
(ii) que la deficiencia inmune de uno de los diez pollos inoculados permitió el desarrollo de la enfermedad; y
(iii) que los nueve animales restantes que permanecieron indemnes, habían generado los anticuerpos T y B correspondientes.
Afortunadamente el logro experimental fue positivo, entonces la seguridad de los hechos antes consignados permite esperar el avance que la inmunología ofrece.
Todo lo dicho anteriormente adquiere un grado de firmeza. Las analogías son importantes pero no definitivas. Ahora sí el cáncer entra a ser regido por los métodos inmunologícos.
Mirando un poco más cerca lo que parecía ser tan distante, incorporado el cáncer dentro de la gran familia inmunológica se puede pensar en la vacuna. Después de todo, la inmunoterapia activa y la inmunoterapia pasiva son dos caras de la misma moneda.


FACTOR INMUNE

Demostrada la transmisibilidad del cáncer por pruebas experimentales que confirmaron la presencia de un agente causal, haremos a continuación, algunas consideraciones acerca del otro factor determinante en la producción de enfermedades infecciosas de carácter general como el cáncer: el factor inmune.
Una vaga sospecha acerca de la resistencia de los organismos vivientes en el curso de las epidemias, antes de la era de las vacunas existió desde muy antiguo. Se observó que no enfermaban todos los miembros de una comunidad y los que sobrevivían, quedaban indemnes por el resto de sus vidas. Se observó igualmente, que no todos los que estaban en contacto con enfermos contagiosos contraían la dolencia.
Así, por estas y otras anotaciones fue adquiriendo forma la idea de la autosuficiencia de los organismos vivientes para subvenir a su propia defensa ante las infecciones. Y, así también, intuyendo esta aptitud defensiva, dada la falta de medios eficaces para la lucha contra las enfermedades de carácter epidémico, diversas prácticas fueron intentadas para prevenirlas, como en el caso de la viruela, mediante la inoculación intradérmica del contenido de las pústulas o preparados de costras desecadas para su inhalación.
Fue Edward Jenner quien aplicó por primera vez la vaccinia, partiendo de la viruela de las vacas, logrando prevenir a la especie humana de la temible viruela negra que hoy, gracias a la labor concertada de los organismos de salubridad, ha desaparecido de la faz de la tierra. Hay que recordar que Hipólito Unánue trajo al Perú la primera vacuna contra la viruela el año 1826.
Pasados más o menos 85 años de la primera vaccinia, Pasteur - para la cual acuñó el nombre de vacuna en homenaje a Jenner- descubrió el principio general que norma su elaboración, mediante el debilitamiento de la capacidad virulenta de los gérmenes por acción del tiempo. Después se supo que dicha virulencia es suceptible de atenuarse por acción de agentes físicos, o substancias químicas.
Es cierto que Jenner en 1798 descubrió la inmunización con el contenido de las pústulas de la viruela de las vacas, en tanto que la vacuna descubierta por Pasteur contra el cólera aviario fue el patrón para obtener numerosas vacunas por sus continuadores.
Sin embargo, no se conocía aún los delicados y altamente sofisticados mecanismos del sistema inmune.
A comienzos del presente siglo la inquietud de los científicos se polarizó en dos tendencias: la teoría celular y la teoría humoral. “La teoría celular de Ilia Mechnikov, deja establecido que dicho poder depende de las propiedades de los fagocitos principalmente de los glóbulos blancos y las células del tejido conujuntivo y consiste en digerir microorganismos que se introducen en el cuerpo de un animal superior”. (R. D. Petrov).
La teoría de la inmunidad humoral, preconizada por Paul Eherlich sostenía que el principio activo de la defensa orgánica está constituído por compuestos químicos producidos por las células a las cuales denomina principios germicidas.
Por esos años, Emil Behering del grupo de Paul Ehrlich, Robert Koch, Richard Pfeiffer y Rudolph Emmerich, era un partidario convencido de la teoría humoral del sistema inmune. Opinaba que los pacientes que habian vencido una enfermedad infecciosa, es decir los “convalecientes”, deberían tener en la sangre los principios germicidas (que luego se llamarían anticuerpos) que evitarían volviesen a enfermar del mismo proceso infeccioso. Se habían vuelto inmunes.
Como quiera que no tenía a mano convalecientes de la difteria, resolvió “obtenerlos”, usando gérmenes de virulencia debilitada para inmunizar ovejas, cuyo suero sanguíneo adquiriría después de cierto tiempo, la propiedad de presentar anticuerpos humorales antidiftéricos.
Luego, según Kruif, Behring...” inyectó dosis letales de bacilos diftéricos a un lote de conejillos de indias que al día siguiente estaban ya enfermos y al segundo día respiraban con dificultad, quedando tumbados con esa pereza ominosa. Entonces separó la mitad del lote de animales moribundos y les inyectó una buena dosis de suero procedente de las ovejas que había inmunizado. El efecto fue milagroso; poco después casi todos los animalitos empezaron a respirar con más facilidad y a las 24 horas, al ser puestos boca arriba, se levantaban con presteza. Al cuarto día estaban sanos como nunca, mientras que sus congéneres no tratados eran llevados al horno crematorio, frios y muertos. El suero también tenía virtudes curativas!”
Mirando a través de los conocimientos actuales, Behering al inocular bacilos diftéricos o tetánicos de virulencia atenuada, obtuvo los linfocitos B, que originan las células plasmáticas que a su vez sintetizan los anticuerpos, o sea las inmunoglobulinas AGM inducidas contra dichos agentes causales. Fue una clara demostración de la existencia de la inmunidad humoral como agente terapéutico. Era la inmunidad pasiva específica B. ¿Pero, el otro gran factor, la inmunidad celular T?
El año 1941, un brote nunca antes visto de fiebre amarilla selvática asoló la rica zona de Chanchamayo del Departamento de Junín, Provincia de Tarma, Perú. Nosotros fuimos los encargados de aplicar las primeras vacunas entretanto llegaban los enfermos de fiebre amarilla selvática al Hospital de Palúdicos de La Merced, hoy Hospital Manuel Antonio Pinto, sin otra alternativa que la de seguir la letal evolución de la enfermedad o tener la suerte de entrar en la convalecencia.
Casi al terminar el brote epidémico empleamos la sangre total de convalecientes de fiebre amarilla selvática. De acuerdo con lo sostenido por Mechinnikov, los fagocitos de la inmunidad celular deberían encontrarse en la parte sólida de la sangre.
Fue de particular interés el caso de una joven que en el quinto día de la enfermedad presentaba hematemesis (vomito negro), tinte subictérico de la piel y escleróticas, intensa cefalalgia y epigastralgia, fiebre, etc. En estas condiciones se le aplicó una inyección intramuscular de 5 cc. de sangre total de convaleciente de fiebre amarilla selvática.
Al día siguiente desapareció la hematemesis y el intenso dolor podía ser tolerado. La fiebre había descendido. Al tercer día se le puso otra inyección de 10 cc. de sangre total, iniciándose el restablecimiento. Fue un hecho espectacular, semejante al acontecido a Bhering. No solo el suero de las ovejas inmunizadas tenía virtudes curativas, sino también la parte sólida de la sangre de los convalecientes! . (Boletín de la Dirección General de Salubridad. Año 1941. Segunda Concentración Sanitaria. Huancayo. Dr. Alberto L. Giles y Dr. Manuel A. Pinto.)
Sin proponérnoslo habíamos encontrado el modo de llevar a la práctica de la Inmunología la aplicación de la inmunidad celular T y la inmunidad humoral B al mismo tiempo, para la terapia de las enfermedades infecciosas de carácter general. La inmunidad celular T que por sí sola constituye del 50% al 60% del potencial inmune y tiene a su cargo el aniquilamiento de los virus, células cancerosas, células extrañas y la inmunidad humoral B de acción antibacteriana cuyo potencial llega al 30%. Pero no sólo se había conseguido el remedio específico de la fiebre amarilla selvática. Era algo más: era una alternativa para la inmunoterapia pasiva especifica de las enfermedades infecciosas de carácter general. Todo reside en el hecho de inocular a los animales experimentales el agente causal de la enfermedad que se quiere tratar. Era en suma un nuevo método antiinfeccioso para todas las enfermedades producidas por virus, bacterias, etc.
Tal, la inmunoterapia de las infecciones de carácter general: activas y pasivas, o sea las preventivas y las curativas que constituyen la respuesta biológica a las agresiones espontáneas por vectores y pruebas experimentales de los virus, bacterias, células cancerosas etc., para preservar la integridad genética de los seres vivientes.
Propiamente la inmunoterapia activa se observa en los pacientes infecciosos que gracias a sus recursos de defensa inmune consiguen sobreponerse para entrar en la etapa de la convalecencia y quedar protegidos por el resto de sus vidas. Pero los inmunólogos reservan el nombre de vacunas activas a las obtenidas por debilitamiento del agente causal a través del tiempo.
Sin embargo estas referencias podrían parecer truncas si no tuviésemos presente que el proceso de las vacunaciones se basan en el hecho universalmente aceptado de que todo antígeno que penetra en el organismo de los seres vivientes estimula el sistema inmune para que este entre en la etapa de las acciones e interacciones celulares a cuyo termino, los linfocitos T y B son inducidos contra las conformaciones forasteras para que se encarguen de su eliminación sin comprometer los tejidos vecinos. Estas acciones son altamente específicas, lo cual quiere decir que el complejo T/B atacará únicamente a los antígenos hacia los cuales han sido dirigidos. Y nada más que contra ellos.
Todo este proceso parece tan sencillo y tan complejo al mismo tiempo que se aleja de los linderos de nuestra imaginación. La inmunoterapia activa generada en el curso de unos pocos días y que alcanza su punto más alto en la convalecencia, da lugar al sistema clónico el cual se encargará de la defensa y vigilancia del organismo contra las mismas nuevas infecciones. Esta sería la vacuna profiláctica contra las infecciones generales. Pero si los factores de la vacuna, humorales y celulares fuesen transferidos a un animal experimental infectado con los mismos elementos biológicos de los agresores, éstos serán neutralizados y destruidos. Tal sería el efecto curativo de la inmunoterapia pasiva en dichas dolencias.
Por lo demás los fagocitos de Mechinikov y los anticuerpos de Eherlich están en todas partes, sangre, vasos sanguíneos, pulmón hígado y en el tejido conjuntivo. Los grandes macrófagos de 15 a 20 micras y los pequeños linfocitos T y B, se desplazan fácilmente en líquidos y tejidos, atraviesan las paredes de los vasos sanguíneos como genios fabulosos que se caracterizan por un rasgo común: la capacidad de fagocitosis, es decir de atrapar, devorar y digerir virus, bacterias y células cancerosas etc. (Petrov).


LA INMUNOTERAPIA PASIVA ANTIINFECCIOSA

El sistema biológico de defensa que desde el principio protegió a los seres vivientes de las agresiones de los microorganismos patógenos facultativos es lo que se conoce como inmunología antiinfecciosa.
Este sistema surge después del nacimiento del nuevo ser, alcanzando su completo desarrollo a los 14 años de edad y a los 46 inicia su inexorable declinación.
Se podría suponer que en el lapso de los 14 a los 46 años de edad el sistema de inmunología antiinfecciosa es invulnerable, pero, en ocasiones, dada su extrema complejidad, presenta fallas que se denominan inmunodeficiencias que pueden ser primarias o innatas y secundarias o provocadas. En ambos casos afectan el normal funcionamiento de los subsistemas celular y humoral.
Cuando existen los defectos primarios o innatos, el organismo viviente queda a merced de la flora microbiana. En consecuencia, los procesos infecciosos se suceden invariablemente a pesar de los antibióticos que sólo tienen una acción pasajera, se retarda el crecimiento corporal y el desarrollo intelectual. Casi siempre los pequeños pacientes se pierden prematuramente.
La inmunodeficiencia secundaria o provocada, entre otras, por las radiaciones, citotoxinas, drogas, hambre aguda etc., traen como consecuencia el compromiso del tejido linfoide, impidiendo la producción de los linfocitos, que más adelante por acción del timo y del equivalente humano de la bolsa de Fabricio se convertirá en los linfocitos T y B, las piezas fundamentales de inmunidad celular y humoral, cuya capacidad de respuesta puede quedar seriamente comprometida. Así, la inmunidad celular T se pone de manifiesto porque el organismo viviente no rechaza células extrañas como en los injertos, transplante de órganos, virus, y las humorales B, no neutralizan las bacterias ni elaboran anticuerpos cuando se les inmuniza con glóbulos rojos de carnero.
Estos hechos guardan relación con la prueba experimental realizada por James Gowens que logró introducir una delicada sonda en el conducto toraxico de una rata para extraerle la linfa y dejarla sin linfocitos. Luego la inmunizó con glóbulos rojos de carnero. Sorprendentemente no se produjeron anticuerpos. Reasume su capacidad de respuesta cuando se le devolvieron los linfocitos.
Esta prueba experimental fue confirmada con otra que consistía en someter a una rata a la ación de los rayos X. Los anticuerpos dejaron de reproducirse cuando se le inoculó glóbulos rojos de carnero y volvieron a formarse, como en la prueba anterior cuando se le repusieron linfocitos de otra rata.
Por consiguiente, si un animal había sufrido alguna enfermedad infecciosa, el suero sanguíneo de la estructura no celular también debía intensificar su poder bactericida. Y bien, si esto era así se hacía posible introducir artificialmente microbios debilitados en pequeñas cantidades en los animales (R.V. Petrov).
Resumiendo, la inmunidad humoral actúa mediante los anticuerpos o inmunoglobulinas A.G.M., antiinfecciosas y D.E. (que actuan posiblemente en las alergias), producidas por las células plasmáticas del equivalente humano de la bolsa de Fabricio de las aves (Dr. Chang 1956 EEUU).
Años después, (1960) el padre de la inmunología moderna Frank Burnet, fijó para siempre el papel de la inmunología celular o de los linfocitos T como a continuación se consigna:
“La extirpación del timo o timectomía, como se denomina esta operación, hacía que los ratoncitos quedaran deficientes, desde el punto de vista inmunológico, hasta la misma muerte que se producía dos o tres meses después. Los ratones se retardaban en el crecimiento, la epidermis permanecía inflamada, no cesaba la diarrea y se manifestaba una elevada sensibilidad respecto a las infecciones.
Los anticuerpos se formaban mal. En la sangre casi no habían linfocitos. La inmunidad estaba tan inhibida que el injerto de piel tomada de otros ratones e inclusive de ratas no se rechazaba”.
Si a los ratones inmunodeficientes se les transplanta el timo o se les inyecta en la sangre células tímicas, todo se normalizará. Esto significa que para poner en marcha el sistema inmunológico se requiere de la presencia del timo.
Finalmente, la inmunidad celular T actúa por medio de los linfocitos timo dependientes, cuya superficie provista de receptores específicos al igual que los anticuerpos, detectan el antígeno y se unen con él a diferencia de los anticuerpos humorales, no solo los detiene y fija sino que segrega un fermento que los disuelve. (R.V. Petrov)
El sistema inmune cuenta además con otros factores humorales capaces de aumentar su respuesta sin intervención directa de las células. Tal el complemento que actúa desencadenando la respuesta inflamatoria; la calicreína que aumenta la permeabilidad capilar y el interferón que actúa interfiriendo la fijación de los virus sobre las células del huésped e impidiendo su duplicación.


CORRECCIONES DEL SISTEMA INMUNE: MATERIAL Y METODOS

Cuando el sistema inmune es deficiente, se altera su capacidad de respuesta, parcial o total, por eso hay que intentar que los elementos de defensa biológica o sea los anticuerpos celulares y humorales vuelvan a su nivel normal para que puedan cumplir su función defensiva y de vigilancia. Es lo que se denomina ingeniería inmunológica. Para este fin se recurre a la inmunoterapia pasiva que consiste en el aprovechamiento de los anticuerpos celulares y humorales elaborados por otro organismo viviente de la misma o de distinta especie, cuando se les inmuniza con determinado germen patógeno.
Pero esta suerte de “trasvase” de los sueros sólo se puede practicar con los anticuerpos humorales o inmunoglobulinas sintetizadas por las células plasmáticas que se derivan de los linfocitos B. De allí se le puede obtener, de hombres y animales seleccionados, teniendo presente que dichos anticuerpos deben estar inducidos contra el antígeno que debe ser neutralizado o destruido. Es decir, que la inmunodeficiencia de un enfermo de tifus exantemático sólo puede ser corregida con anticuerpos procedentes de un convaleciente de esta dolencia. Es el insoslayable principio de la especificidad.
De todas maneras, aún cuando la inmunidad humoral sólo representa el 25% del potencial inmune, constituía un importante avance en la utilización de los anticuerpos como recurso terapéutico.
Por lo que se refiere a la inmunidad celular, o sea los linfocitos T de alta sensibilidad que alcanzan del 50 al 60% del potencial inmune, debemos señalar que aún no ha sido utilizada en la práctica, a pesar de los esfuerzos hechos por los investigadores en ese sentido. Tal el empleo de la tuberculina como estimulador del sistema, el método de los separadores sanguíneos que permite obtener linfocitos libres de los otros componentes de la sangre que luego de ser estimulados por la fitohemaglutinina y devueltos al paciente original, no dieron respuesta apreciable alguna.
Otro intento importante para la corrección de las inmunodeficiencias T y B simultáneamente, es el transplante de timo, de médula ósea, ganglios linfáticos, unitariamente o combinados. Pero aparte de la técnica operatoria que tiene que ser especializada, existe la valla de la incompatibilidad tisular y el empleo de los inmunodepresores. Tampoco dieron los resultados esperados.
Por nuestra parte, para corregir las inmunodeficiencias B y T seguimos un camino diferente, basados en el hecho, universalmente aceptado, de que todo antígeno que penetra en el organismo viviente, estimula el sistema inmune, para que entre en la etapa de las acciones e interacciones celulares, como hemos señalado, a cuyo término los linfocitos T y B son inducidos contra los elementos forasteros para que se encarguen de su eliminación sin comprometer los tejidos vecinos, es decir, nada más que contra ellos. Por eso, cuando se aplica la vacuna triple, por ejemplo, se originará como respuesta anticuerpos específicos contra cada uno de los antígenos y ninguno podrá suplir al otro. De allí que el vacunado estará defendido contra las tres enfermedades por igual.
Viene en apoyo de ésta tesis de inmunoterapia pasiva, la prueba experimental realizada por los esposos Hellstrom, citada por R.V. Petrov (pag. 246 ob.cit.), que consiste en agregar linfocitos de un animal sano a un cultivo de células cancerosas. Nada se pudo advertir en los días siguientes. Entonces, a otro cultivo de células cancerosas, los experimentadores agregaron linfocitos provenientes de un animal con tumor maligno. Los resultados fueron distintos. Los linfocitos que ya habían sido inducidos contra virus y células cancerosas, inhibieron el crecimiento de las células cultivadas y terminaron por aniquilarlas.


INMUNOTERAPIA PASIVA O SECUNDARIA APLICADA AL CANCER

En el caso del cáncer, que según la Teoría infecciosa es ocasionado por un virus, no existen convalecientes, para los fines experimentales. Hay que “obtenerlos”. Con tal fin inoculamos sangre de canceroso metastásico a un lote de 10 gallinas que al no enfermar, demostraron ser inmunológicamente eficientes. A semejanza de las ovejas “convalecientes “ de Behring habían generado en el curso de ocho días la inmunidad celular T y humoral B, quedando inducidos contra el virus inoculado y contra los otros elementos de la sangre. Por eso, era perfectamente lógico suministrar al paciente que sirvió de donante la sangre de los animales inmunizados, que presumiblemente contenía anticuerpos celulares T inducidos contra el virus y células cancerosas del paciente, por vía oral en cucharadas, cada dos horas, durante diez días como en el caso de Behering con los cobayos diftéricos.

Material y metodos: Procedimiento

1. Para iniciar el ensayo se seleccionan 10 gallos o gallinas, tipo legorn, de más o menos 16 semanas de edad, con un p eso mínimo de 2.5 kilos y se someten a observación durante 5 días, con el fin de verificar su estado de salud.
2. Pasado ese tiempo, inocular en la barbilla de los animales experimentales 2 cc de sangre de canceroso, del mismo que va a ser sometido a la inmunoterapia pasiva específica. La sangre se extrae con una jeringa descartable de 20 c. c. con la que previamente se ha aspirado 4 c. c de citrato de sodio al 10%.
3. Pasados 8 días, los animales que no presenten ninguna anormalidad, serán sacrificados de uno en uno, diaria o interdiariamente. La sangre se recibe en un recipiente estéril, conteniendo 10 c. c. de citrato de sodio al 10% agitándolo suavemente para evitar la coagulación.
4. La sangre citratada se transfiere después a un frasco esterilizado de color obscuro que contiene 20 c. c. de agua destilada y 10 gotas de glicerina como conservador, filtrándola a través de un colador de malla fina colocado sobre un embudo de vidrio dentro del frasco.
5. Finalmente se añade 30 c. c. de jarabe simple, se agita suavemente, se conserva en un lugar fresco en invierno y en la parte más baja del refrigerador en verano y queda listo para administrar al paciente una cucharada sopera cada dos horas, desde las 6 a.m. hasta las 12 de la noche.
6. Así se procederá los diez días siguientes. Después de una pausa de 30 días, se comienza de nuevo por otros 10 días, así sucesivamente hasta completar cuatro etapas.

Resultados

Los resultados de la ingesta de sangre inmunizada de ave convaleciente por pacientes cancerosos fueron inmediatos por supresión del tiempo de latencia. Desde los primeros días comenzaron a modificarse los signos y síntomas. El enfermo tiende a normalizarse. Mejora la tasa de hemoglobina, disminuye el dolor, y más adelante desaparecen las células cancerosas cuya presencia innegable había sido registrada por las biopsias, iniciándose la involución tumoral, siempre y cuando el sistema inmune del paciente pueda todavía ser estimulado por los linfocitos inmunizados del animal experimental.
En las síntesis de las historias clínicas, es posible apreciar la mejoría progresiva de los que han recibido la ITP, cuando se trataba la recurrencia de los tumores intervenidos quirúrgicamente, pasado un tiempo variable. Tal los primeros pacientes, por coincidencia de 59 años de edad, de carcinoma a la próstata y al recto respectivamente, se recuperaron totalmente en un plazo de 4 meses. No necesitaron más inmunoterapia. Los periódicos controles a que fueron sometidos en sus respectivos hospitales, fueron invariablemente negativos. Fallecieron por otras causas, como consta en los certificados de defunción, 17 y 16 años después, respectivamente, desde el inicio de su tratamiento, con sangre inmunizada.
Y, cuando por razones de orden técnico no se ha logrado la extirpación completa del tumor adherido a otros órganos vitales, habiéndose realizado en éstas condiciones la ITP, se ha observado en el curso de una intervención posterior por otras causas, un año después, que los restos tumorales habían desaparecido. En los casos avanzados, inoperables, este método tiene una acción paliativa, una corta primavera en el curso letal de la evolución cancerosa. ¿Que pensar en vista de estos resultados?. Si la sangre ingerida por estos pacientes no procediera de un animal experimental inmunizado contra el virus del cáncer es obvio, no se habría registrado ninguna modificación, por pequeña que sea. Existe pues, la posibilidad de la presencia cierta de los anticuerpos celulares T y B determinantes del aniquilamiento de los virus y células cancerosas.
Por otra parte, desde hace años, se practica en todo el mundo la benéfica práctica de las transfusiones sanguíneas, gracias a Landstainer, y jamás, hasta donde sabemos, éstas han modificado el curso de las enfermedades infecciosas. Es decir, ha sido un valioso auxiliar, pero no un recurso terapéutico desde el punto de vista causal, salvo en el caso reportado en Zaire de enfermos de virus de Ebola que fueron tratados con transfusiones de sangre total de convaleciente compatible, lográndose un éxito completo al entrar en convalecencia en el curso de los cuatro días siguientes.
Quiere decir que el método propuesto, de la inmunoterapia pasiva específica, más propiamente la utilización práctica de los anticuerpos celulares T comienza a ser una realidad, porque a pesar de los esfuerzos realizados anteriormente, sólo se había conseguido con ciertas limitaciones el empleo de los anticuerpos humorales B o sea las inmunoglobulinas A.G.M., mediante el empleo de suero de convalecientes.
No es pues, necesario el uso de los estimuladores del sistema inmune ni los transplantes de órganos para obtener los anticuerpos humorales B ni los celulares T, ya que los animales de experimentación inmunizados los ofrecen generosamente, en todo momento.
De otro lado, teniendo en cuenta que la radioterapia y la quimioterapia, aparte de su acción benéfica aumentan la depresión del sistema inmune en tanto que la Inmunoterapia Pasiva Específica (ITP), intenta su corrección estimulándolo a la vez para que vuelva a la normalidad, hemos evitado hacer tratamientos paralelos optando por la terapia alterna.
Pero, para tener la máxima seguridad acerca del poder de disolución de la masa neoplásica por los linfocitos T y B, es indispensable que el enfermo no haya sido sometido en ningún momento a los procedimientos tradicionales físicos y químicos. La inmunoterapia pasiva antiinfecciosa T debe actuar por sí sola.
Por eso, cuando ha sido posible, hemos seguido esta línea de conducta después del acto operatorio o cuando se iniciaba la recidiva, con resultados que sobrepasaron nuestras expectativas.
Fuera de nuestro ámbito, destacados especialistas tuvieron la oportunidad de observar los efectos de la ITP en una paciente diagnosticada de adenocarcinoma del ciego. Previos los estudios de rigor fue intervenida quirúrgicamente. El informe postoperatorio reveló que se había encontrado : “un gran tumor en el ciego con metástasis ganglionares palpables en el mesocolon derecho y a lo largo de la aorta abdominal. Presentes también múltiples metástasis en el lóbulo derecho del hígado”.
Dada de alta, fue tratada en su propio domicilio con ITP durante doce días consecutivos por vía oral con cucharadas cada dos horas, de 8 a.m. a 8 p.m., conteniendo sangre inmunizada con millones de linfocitos T y B. Durante este tiempo solo tomó remedios para su angina de pecho.
El estudio de la ecografía que se hizo inmediatamente después de la ITP, mostró: “Desaparición de las metástasis ganglionares a lo largo de la aorta y el lóbulo derecho. Sólo se puede observar hepatomegalia sobre un hígado que solo presenta una disminución secundaria al nivel del segmento tercero de 2 mm de diámetro. Hipertrofia del segmento I hepático. Lecho de colostomía ocupado por asas intestinales. Páncreas, bazo y riñones de aspecto ecográfico normal. Vejiga de buena capacidad de paredes finas. Ausencia de residuo post-miccional significativa. Ovario no visualizado. Utero de aspecto ecográfico normal para su edad. Várices venosas intrapélvicas (informe del especialista en ecografía).
Por otra parte los hemogramas hechos antes y después de la inmunoteraía pasiva, que se reproducen a continuación, registran las variaciones cuantitativas y cualitativas de los linfocitos T y B como resultado del aprovechamiento por el paciente de los anticuerpos celulares T y humorales B elaborados por un animal sano de la misma o distinta especie, como respuesta al antígeno viral para corregir las deficiencias del sistema inmune y para producir la disolución de la masa neoplásica, dando lugar al fenómeno de la fagocitosis, es decir la destrucción de los virus, células cancerosas y células extrañas.
Sin embargo, hasta el presente el tratamiento con sangre inmunizada de ave convaleciente que desde 1964 ha dado resultados similares a los que se consignan en el párrafo anterior, no ha sido empleado todavía. Hemos sido viajeros en nuestro propio camino. Pero cuando llegue el día en que nuevas comprobaciones realizadas por otros investigadores confirme los positivos resultados de la inmunoterapia pasiva, una nueva luz iluminará este problema tenido como irreversible.
Tal vez entonces será útil emplear la inmunoterapia inmediatamente después de las intervenciones quirúrgicas, para lograr la disolución de las metástasis que no han podido ser extraídas y evitar las recidivas posteriores.

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